• Franki

    Franki

    Franki caminó en el borde por años. En realidad no tantos: dos o tres. Lo que para los jóvenes que habitan la periferia es casi una vida.
    Cuando dejó de ser un niño quiso evitar cruzar el límite donde a la palabra vida se le caen todas sus letras al vacío, abriendo el sendero de la muerte donde no pocos andan.
    Los brazos de su madre trajeron a Franki hasta ese barrio color ladrillo. Era enero, y el calor porteño era gélido al lado del infiernillo de la selva del Chaco. Hoy ella no para de rezar padrenuestros y avemarías bajo el techo de chapa de su casilla. Donde Franki tenía su cama hoy hay un ataúd, preparado para gente de 70 y no de 17.
    Salve María madre de Dios ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte...
    La oración resuena una y otra vez por horas, como un disco rayado, y vincula en un escenario común a quienes acompañan la velada, muchos de ellos desconocidos entre sí. La oración abraza las lágrimas de Zulema, y alcanza a cubrirlas con un manto de compasión y pena.
    Afuera hace frío y la tormenta no deja de recordar que para las muertes injustas hay jurada una venganza. Una venganza que dejará otro Franki mordiendo el barro, en una cadena sin fin. O cuyo único fin podría ser la nada.
    No es posible soportar la indignidad de transformar la muerte en un eslabón. Cuando la muerte es eso, y la cadena no puede detenerse, el mundo tendría que dejar de girar. La humanidad toda debería parar su marcha, y preguntarse qué fue lo que deshizo el hilván básico de la convivencia comunitaria. Cuando se vive en la pobreza, el único sostén es la solidaridad y la ayuda mutua entre pares. Si ésta fue destruida y volver a tejerla parece imposible, hay que parar el mundo para barajar y dar de nuevo.

  • Isavel

    Isavel

    Sí, con ve corta. Así la anotaron y así se llama, aunque todos le dicen la Peti. Sin haber cumplido los dieciocho, tiene un bebé de 6 meses y otro en camino.
    La Peti siempre se destacó en los talleres del Centro de Jóvenes del barrio. Literatura, guitarra, murga, fueron sus fuertes. Allí no conoció a su pareja, el papá de Jonathan y del por venir. Fue en la escuela secundaria, estaban en la misma división. Ella ahora dejó, aunque en la escuela hay guardería y apoyo para las mamás adolescentes. Allí fue promotora joven de una campaña por los derechos sexuales y reproductivos, y se ganó la confianza de varios profes. Todos los sábados salía a repartir preservativos casa por casa, en las esquinas, y muchos pibes y pibas hasta le tocaban la puerta de la casa para pedírselos. Pero eso fue hace mucho.
    Hoy piensa en cómo ser madre y joven a la vez, cómo irá a educar a los chicos con tan poco. Sabe que siempre aparecerá el por dónde, el cómo. De última, siempre un pariente o amigo estará ahí si hace falta. Lo único que a veces mantiene su mirada fija en el cielo es haber superpuesto sus ganas de ser libre con la responsabilidad de sentirse mamá.

  • Sergio

    Sergio

    Acá a la vuelta había una laguna donde tiraban cuerpos de los desaparecidos, dice Sergio. Esa laguna hoy es una placita donde juegan al fútbol los chicos de la capillita cercana, se hacen festivales por el día del niño y las mujeres del comedor llevan a jugar a sus hijos. Cuenta Sergio que a veces se escuchan voces, gritos, tiros, cerca de la placita. Sobre todo a la noche, que él muchas veces pasa con los pibes de su pasillo tomando algo, fumando y riendo.
    Sergio se queja porque no encuentra trabajo. Le han pintado algunas changas, pero en más de una vez se colgó y después de uno o dos días no quiso aparecer más. Hace pocas semanas se presentó para ayudante de cocina en un bar de medio pelo cerca del zoológico, pero la fotocopia del documento que le dejó al dueño lo vendió. Con una dirección que habla de manzana tal, casa tal, misión imposible. Con sus 21 años a cuestas sólo un plan social le habilita los mangos mínimos para que su hermana lo banque en la casa y le deje algo para los vicios.
    Una de sus últimas adquisiciones fue un disco de punk rock. Pero tuvo que irse hasta el Parque Rivadavia a conseguirlo: en las disquerías truchas de la villa eso es una figurita difícil. Allí abundan los compilados de cumbia, algo de música boliviana, peruana y paraguaya y pará de contar. A él le va 2 minutos, Attaque 77, Los Gardelitos. La cumbia la bailo con mi novia, para no dejarla tirada si estamos en alguna fiesta, aclara. Pero lo que le va a él es el punk. Además está armando su banda con un par de pibes del barrio, más colgados que él. Y el bajista tuvo que vender hace poco su instrumento para comprarle unos remedios caros a su vieja.
    Cerca de las ocho, Sergio manguea el diario en la remisería y marca los clasificados. Recorta dos, sale a la Avenida y prende un pucho. Es sábado, pero quizá algo pinta. Aunque sea para pucherear la noche y tener diez mangos para salir.

  • Amalia

    Amalia

    No importa la hora, siempre el teclado de la cumbia norteña se escapa de las ventanas de alguna casa vecina y obliga a abrir los ojos a Amalia, casi al mismo tiempo que su despertador. Hace dos días le consiguieron que cuide una bebé cerca del Parque que está a unos minutos de colectivo desde la villa. Son las siete y en la cocina de su casa hay olor a torta frita, que se disemina en toda la casa como un sahumerio con sabor a Latinoamérica.
    Amalia apenas se levanta se pone sus anteojos que usa desde los seis años. Hoy tiene 19, y está dando libres las primeras materias de la Universidad. Cosa rara, habiendo repetido uno de los últimos años de la secundaria. Bicho raro Amalia, en la villa. No abundan quienes terminan la totalidad del secundario, sí hay muchos que terminan quinto pero quedan con materias que no terminan de rendir nunca. En la escuela del barrio –a la que Amalia no fue, por recomendación de sus padres- los docentes lagrimean cada fin de curso cuando los chicos y las chicas finalizan el año, por más deudas pendientes que queden.
    Amalia, sin probar bocado de torta frita ni sorbo de mate cocido, saluda de lejos a su madre y encara. Sortea los pasillos en forma de serpiente que la separan de la Avenida. Allí todo está desierto, salvo por algunos personajes con cara de muertos vivos que entran y salen de algunos pasillos de la villa mirando hacia todos lados, sin aspecto de vivir allí. Muchos de ellos van a la casa pegada a la de ella, tardan pocos minutos en irse. Muchas veces se ve a la policía también por allí.
    Amalia se clava los auriculares de su walk man y escucha Shakira. Todo bien con la cumbia, pero más para bailar con mis amigas, piensa.

  • Javier

    Javier

    Javier acaba de salir de su casa y la Avenida está casi desierta. El estadio de fútbol, que puede verse apenas cruza la puerta de chapa, está tan vacío como los dos carriles de esa calle repleta de baches (que hace las veces de primera escena de una película repetida). Es el cuadro que se ve, estático, desde la ventana de su casa. Las tribunas del estadio guardan algunos pequeños papeles de un partido de la Libertadores del viernes, y un sábado sólo los perros abundan en sus cercanías.
    Javier trae embarradas sus medias como casi cada día en el otoño de Buenos Aires en la periferia, en el sur que no existe para la gran mayoría de los productores de realidad del capitalismo mediático. Se pintan de marrón sus medias, no por causa de las veredas sino de su propio cuarto. A media hora del Congreso Nacional, a cuarenta del lujoso Puerto Madero y a una hora en taxi de Aeroparque, existen barrios de casas con piso de tierra. Habitaciones que se inundan de pibes y del olor que emana una pobreza acuñada en años de estar afuera del reparto de la torta.
    Amanece. Son casi las seis y en la esquina los pibes están despiertos. No madrugaron, sino que “amanecieron”: así se dice cuando seguís de largo, la noche fue tu cobija y fuiste haciendo durar las horas de charla, caminata hasta el boliche, con suerte alguna transa en el baile cercano y nada de volver a casa. Porque casa es barro, y la esquina es asfalto. Además le hicieron el techito de cemento y el banco con los troncos que sobraron del árbol que tiró abajo la Municipalidad hace poco. O sea: la intemperie hoy tiene más estructura que su propia casa.
    Se dice casa a ese territorio que ocuparon primero los tíos, después los vecinos y más tarde los padres de Javier apenas llegados del nordeste. Allá vivían en un rancho, igual que acá. Pero allá ni cartón había para juntar. Acá está más fresco, pero siempre una changa aparece.

  • Fichu

    Fichu

    Fichu no habita en ninguna de las casas color ladrillo que se suceden -como un dominó interminable- entre avenidas y pasillos. Pero es casi uno más: se la pasa merodeando la zona en busca de paco. Antes, sus brazos parecían hechos para que algún ciego los leyera: el revés de los codos como mensajes en braille para descifrar. Pero no hay mucho misterio oculto en este cuerpo: drogas que se consumen como caramelos de menta, que entran por las venas y llegan al toque al cerebro. Ahora la heroína escasea y es diez veces más cara que el paco.

    El paco es la peor basura que existe: y Fichu lo sabe. Siente que él también es una especie de paco, de resaca, de residuo de algo podrido. Esto le duele y su dependencia somete su humanidad a tal dolor.

    El paco se fuma, entonces el código braille de sus brazos desaparece y es ahora la lengua la que inscribe en su superficie las marcas de la basura. La virulana que se usa para fumarlo a veces se pega caliente en la lengua, y le cuesta hablar por un rato; y ni hablar de comer. El flash es tan groso como fugaz: tan rápido le vuela la tapa de los sesos como desaparece.

    Si alguien juntara un kilo de porquerías de cualquier basural cercano, lo cocinara y se lo comiera, no llegaría a causarse tanto daño como el que le causan unos gramos de paco al cerebro de Fichu. Porque el paco está hecho del residuo de la merca, de la heroína y quién sabe de cuánto kerosén. Porque en la periferia la pureza es moneda difícil de encontrar. Casi como billete de cien.

    Fichu debe pesar 30 kilos. Con ese peso mosca se sube día a día al bondi con su carné de portador de HIV, y vende estampitas que compra en el mercado negro. Sus cuerdas vocales parecen haber dicho basta, y se le nota. A los últimos asientos, su mensaje llega indescifrable, aunque eso no importa. Aunque no hablara, su cuerpo lo diría todo: sus patas raquíticas, sus ojos saltones, el carné en la mano como si necesitara un soporte legal para pedir ayuda.

    Cuando se va del lugar camino a su pensión en Constitución, siente que deja un lugar donde mucha gente muere de a poco.

  • Pepe

    Pepe

    Pepe limpia el fusil todos los días antes de dormir. Con ese caño se siente poderoso: que nadie me joda, dice. Está sentado en la cama marinera mientras el resto de los miliquitos duermen, salvo dos que se fuman una marihuana que trocaron por 2 atados de cigarros en Villazón.

    Pepe terminó en el ejército boliviano porque nunca un hogar con todas las letras supo cobijarlo. Ni el familiar ni el institucional: las ventanas y las puertas siempre fueron los lugares que eligió para utilizar en ambos casos. Casi siempre, hacia fuera.

    Es dura la sensación de que el mundo siempre está contra uno. De que tras las caras que nos rodean está Satanás, el mismo que acecha en sueños y nos lleva de las orejas hasta las calderas del infierno. Aunque la tierra del diablo no se diferencia en nada de aquella que se nos aparece cuando abrimos los ojos.

    Pepe necesita escuchar heavy metal para sentirse parte de un territorio propio, de un envoltorio que lo contenga como chocolate en la vidriera del kiosco. Como una frazada de invierno, caliente, que abriga y separa. Casi nadie cercano a él se identifica con el duro metal. Mejor, dice. Así no tengo que andar prestando los discos.

    Pepe se compró un celular, pero no tiene idea a quién llamar ni quién puede querer tener su número que comienza en quince cinco. Qué inservible puede sentirse un celular de quien carece de amigos y familiares. Qué triste sentir que un celular puede salvar las distancias de comunicación que existe entre uno y los otros.

    Pepe es quien grafitea en la noche las puertas de las casas que terminan en 6. Dice que es una cábala contra el diablo, que necesita purificarse, y que otra manera no hay. Cada tanto pinta el nombre de alguna de sus bandas favoritas, otras su apodo y en ocasiones dibujos circulares sin sentido aparente.

    Lo que sí sabe es que de seguro se ligará unas cuantas puteadas e insultos, y allí es cuando siente que alguien, aunque más no sea, se comunica con él.

  • Edu

    Edu

    Edu sabe que levantarse todos los días a las seis es como una patada en los dientes. Lo sabe pero hay algo que tapa esa sensación por otra de que no me coman los bichos. Esto es, cada fin de quincena el bolsillo agradece.

    Edu se levanta a las 6, se calza su campera de jean escrita en la espalda y camina hasta la parada del bondi. En el camino a veces compra unas tortillas paraguayas y va con la boca seca hasta el laburo, donde un poco de agua de la canilla remienda la garganta. Aunque no siempre va hasta la parada: los últimos días de la quincena, antes de cobrar, camina las setenta y cuatro cuadras que hay desde la puerta de su casa hasta el taller.

    Laburo: sería un halago llamarlo así. Catorce horas por cada día de la semana salvo franco, está más lejos que cerca de un trabajo. Sobre todo si la hora se paga menos de dos pesos. Pero no hay otra. El único camino posible para intervenir en una relación patrón-empleado pasa por ahí. Por lo menos para quienes tienen escrachado el documento con la dirección del barrio: manzana tal, casa tal. Casi como tener una entrada a la comisaría por mes.

    Así las cosas, Edu calla. Su talante es la de un sobreviviente de alguna catástrofe que logró salir vivo y cada tanto expresa en palabras las consecuencias del bombardeo.

    Ay, cuando Edu escribe. Una vez de su Bic salió que “somos las palabras que quedaron afuera del diccionario. Las lluvias que nunca cayeron. Las tormentas que suceden en planetas que no son éste. Somos las pesadillas que los Dioses sueñan despiertos cuando tienen insomnio. No importa cuándo hacer algo, sino por qué.”

    Es muy loco pero hay algo en Edu, como en otros que andan con él, mezcla de fatalismo y optimismo radical. No es el pobres siempre hubo, ni el por algo será. Es un acostumbramiento a la miseria que mamó desde chico, aunque distinto del de sus mayores. Es un aguantar convencido de que puede haber otra cosa. Pequeña, difícil, pero otra cosa.

    En el mientras tanto, él espera y construye.

  • Adrian

    Adrián

    Nunca una madre dio a luz unos ojos tan negros como los de Adrián. Ojos que miran y esperan, sentados en la bici, alguna idea que aparezca para juntar un billete y entrar en carrera hacia delante.

    Adrián conoce el barrio como si antes de nacer le hubieran dado un mapa y él hubiera podido estudiarlo, como un marinero antes de emprender un largo viaje. Por dónde ir, por dónde ni a palos; por dónde pisan éstos, por dónde ranchan aquellos. Sabe a ciencia cierta cuál es el índice tolerable de peligro.

    Camina a diario por la serpiente infinita que son los pasillos de la villa y hay algo allí que lo atrae. Conocer, en parte, es que lo conozcan. Sabe por dónde ir aunque no haya motivo para pasar por allí, más que el hecho de que lo vean.

    Estos ojos oscuros conocen bien el borde. Conocen cómo se camina de un lado y del otro, y saben por qué prefieren estar más del lado de acá que de allá. Pasó demasiado cerca de la parca y no le gustaría volver allí.

    Adrián sabe que sus 17 son ideales para reclutarse al muleo. Mulean quienes transportan las sustancias que otros gatillan en sus mentes para ver espejitos de colores. Se gana bien muleando, aunque se sabe que es difícil volver de allí: los vínculos que se tejen son tan sagrados como traicioneros: valés lo que vale lo que llevás.

    Por eso, Adri no. Otros ojos negros que vienen en camino en el vientre de su cumpa le dicen que no.

  • Chupete

    Chupete

    Chupete se rajó. Metió las seis balas y se tomó el palo. Hay algo en el enfrentamiento que le produce placer, que le genera un estado adrenalínico -mezcla de miedo y valor- que en definitiva son caras de una misma moneda.

    El rostro de Chupete no se ve. Puede uno imaginárselo, pero no se ve. Lleva su fisonomía escondida tras la capucha, la gorrita y un cuello de tela polar que solamente dejan entrever una delgada línea de sombras. La visera de la gorra le permite un ocultamiento ideal: puede ver sin ser visto, husmear sin ser vigilado, relojear sin que ningún paparazzi le saque la ficha. La vista para él es central: es lo que le permite estar vivo, que para él es sinónimo de sobrevivir.

    La capucha oculta el tatuaje que porta a la altura de la nuca. Es un código de barras: pero no el de las latas de tomate de los supermercados ni de las boletas del Pago Fácil. Es el nombre de su madre, idéntico al de los pibes de su ranchada, que tienen escrito cada uno según el nombre de quien los trajo al mundo. Ella está en su vida casi nada más que allí: no la ve hace un par de meses, desde el día que salió del Instituto que lo acogió cruelmente durante siete meses. Allí, en la tumba para seis que compartía con catorce, se hizo el tatuaje, imborrable.

    Después de vaciar el cargador no salió corriendo. La calle estaba desierta y se fue caminando lo más campante, pisando los charcos de agua de la calle ancha con sus llantas Adidas de cuatrocientos pesos. Las estampidas de las balas metieron a todo el barrio adentro. A la mañana siguiente nadie en los pasillos dejó de comentar y hacer conjeturas sobre lo sucedido. En ninguna de las conversaciones faltó la palabra venganza.

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