Franki
Franki caminó en el borde por años. En realidad no tantos: dos o tres. Lo que para los jóvenes que habitan la periferia es casi una vida.
Cuando dejó de ser un niño quiso evitar cruzar el límite donde a la palabra vida se le caen todas sus letras al vacío, abriendo el sendero de la muerte donde no pocos andan.
Los brazos de su madre trajeron a Franki hasta ese barrio color ladrillo. Era enero, y el calor porteño era gélido al lado del infiernillo de la selva del Chaco. Hoy ella no para de rezar padrenuestros y avemarías bajo el techo de chapa de su casilla. Donde Franki tenía su cama hoy hay un ataúd, preparado para gente de 70 y no de 17.
Salve María madre de Dios ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte...
La oración resuena una y otra vez por horas, como un disco rayado, y vincula en un escenario común a quienes acompañan la velada, muchos de ellos desconocidos entre sí. La oración abraza las lágrimas de Zulema, y alcanza a cubrirlas con un manto de compasión y pena.
Afuera hace frío y la tormenta no deja de recordar que para las muertes injustas hay jurada una venganza. Una venganza que dejará otro Franki mordiendo el barro, en una cadena sin fin. O cuyo único fin podría ser la nada.
No es posible soportar la indignidad de transformar la muerte en un eslabón. Cuando la muerte es eso, y la cadena no puede detenerse, el mundo tendría que dejar de girar. La humanidad toda debería parar su marcha, y preguntarse qué fue lo que deshizo el hilván básico de la convivencia comunitaria. Cuando se vive en la pobreza, el único sostén es la solidaridad y la ayuda mutua entre pares. Si ésta fue destruida y volver a tejerla parece imposible, hay que parar el mundo para barajar y dar de nuevo.